La neurocirugía pediátrica es la especialidad que trata mediante cirugía las enfermedades del cerebro, la médula espinal, los nervios y sus cubiertas en recién nacidos, niños y adolescentes. Abarca, entre otros, la hidrocefalia, los tumores, las malformaciones, los traumatismos y algunas epilepsias, con el objetivo de preservar en lo posible la función neurológica y favorecer el desarrollo del niño.
La técnica depende de cada enfermedad: puede ser cirugía abierta, endoscópica o con navegación guiada por imagen, y se realiza con anestesia general adaptada a la edad y al peso. La evaluación previa incluye resonancia, tomografía y otros estudios, y el equipo multidisciplinar, con anestesiólogos, neurólogos, intensivistas y especialistas en rehabilitación, decide el plan.
La duración de la operación y la estancia hospitalaria varían mucho según la enfermedad y la edad. Algunos niños requieren vigilancia intensiva y rehabilitación posteriores. La recuperación es individual, y el resultado final se valora con el seguimiento durante meses o años según la evolución del niño.
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Trata, entre otras, hidrocefalia, tumores del sistema nervioso, malformaciones como el mielomeningocele o la craneosinostosis, traumatismos y algunas epilepsias. El equipo decide en cada caso si la cirugía es el tratamiento adecuado.
Según el diagnóstico, puede aliviar la presión intracraneal, retirar o tratar lesiones, corregir malformaciones y proteger la función neurológica. No se puede prometer una curación; el objetivo y el resultado dependen de cada enfermedad.
Cuando los estudios indican que la operación puede ayudar y los beneficios superan los riesgos, tras valoración por un equipo especializado. En algunos casos se opta primero por observación o por otros tratamientos.
Se realizan estudios de imagen y análisis y se explica el procedimiento con palabras adecuadas a la edad. El médico revisa los medicamentos del niño y no deben suspenderse sin su indicación; el ayuno se indica según la edad.
Con anestesia general, el neurocirujano accede a la zona afectada mediante cirugía abierta, endoscopia o técnicas guiadas por imagen, según la enfermedad. Un equipo especializado vigila al niño durante toda la operación.
Depende de la cirugía: algunos niños pasan por cuidados intensivos y otros se recuperan en planta. Puede ser necesaria rehabilitación, y los controles periódicos permiten detectar cambios a tiempo.
Algunos efectos, como el alivio de la presión intracraneal, se observan pronto, pero el resultado completo se valora con el seguimiento durante meses o años, porque el niño sigue creciendo y desarrollándose.
Pueden incluir infección, sangrado, fuga de líquido cefalorraquídeo, convulsiones, déficits neurológicos, fallos de las derivaciones y riesgos de la anestesia. El equipo explica los riesgos específicos de cada caso.
Casi toda cirugía deja una cicatriz, que a menudo queda oculta por el cabello. Las técnicas endoscópicas usan incisiones más pequeñas, y la cicatriz suele mejorar con el tiempo.
Depende del tipo de cirugía y de la evolución del niño; el médico tratante decide cuándo es seguro viajar, tras los controles posoperatorios. En muchos casos se requiere una estancia de varios días a semanas.